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La etapa es larga, pero cada paso merece la pena. No se puede salir de Braga sin pasar por la fuente de Santiago y rendir un último homenaje a un santo que fue (y es) tan venerado en la ciudad. Las dos siguientes paradas también vienen marcadas por la presencia de reliquias: San Frutuoso de Montélios, asceta militante y fundador de monasterios en el siglo VII, y San Martín de Dume, abad, obispo y evangelizador de la familia real sueva en el siglo VI. Es gracias a lugares como estos que el Camino de Torres recorre las venas históricas del Miño como ningún otro camino jacobeo. Frente al río Cávado, el puente de Prado es el paso ideal para el siguiente tramo. Si hay niebla, el puente se perfila como una silueta entre dos orillas distantes. Es imprescindible hacer una parada en la capilla de Santiago de Francelos, ya que a continuación hay una larga caminata hasta la torre medieval de Penegate, uno de los lugares más fascinantes del camino. Queda la mitad de la etapa y la memoria ya tiene mucho que guardar. En Goães hay un albergue y existen otras opciones de alojamiento a lo largo del recorrido, pero es importante hacer el esfuerzo de llegar hasta el río Lima. Hasta allí, hay que atravesar la ladera del Monte da Madalena y bajar por la avenida António Feijó hasta el centro histórico de Ponte de Lima. La localidad rebosa identidad jacobea y merece la pena conocerla tanto de día como de noche, paseando por su puente romano y medieval. A partir de aquí, el Camino sigue el trazado del Camino Central.